Marta Albaladejo Mur
Marta Albaladejo Mur

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Este artículo está escrito el 12 Feb 2008, y está categorizado en Artículos.

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Te daré una bofetada y sabrás por qué lloras.

¿Cuántas veces le deben haber dicho esto a Ana de niña? No lo sabe. De hecho, casi ni recordaba la frase, hasta el otro día. Fue de repente, de pronto le vino a la mente, estando en casa con su marido.

Ana lloraba desconsolada. Hacía poco que le habían dicho que su madre tenía una enfermedad muy grave. Tan grave que no se podía hacer nada: darle calmantes y esperar el final, a la madre le quedaba muy poco de vida. Ana, mientras estaba en el hospital, y con los médicos, y mientras había acompañado a su madre a casa, se había sentido serena, animada, haciendo bromas y haciéndose la fuerte.

Pero al llegar a casa, se había venido abajo: las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas y cuanto más las quería parar más se multiplicaban. El llanto silencioso se había ido volviendo escandaloso y, aunque ella iba suspirando para ver si podía tragarse de nuevo aquella tristeza, no había manera: los sollozos eran cada vez más fuertes y estridentes, mientras continuaba imaginándose el horror de la muerte de su madre.

El marido de Ana ya estaba harto, de aguantar el llanto descontrolado de su mujer. Se estaba poniendo cada vez más nervioso, hasta que no puedo más y le gritó: “¡¿Quieres dejar de llorar de una vez o…?!”.

Fue en ese preciso momento que Ana se recordó a sí misma de pequeña, desconsolada, llorando por algo ¡a saber por qué menudencias lloran los niños! Y la voz de su madre: “¿Quieres dejar de llorar? ¡O te daré una bofetada y sabrás por qué lloras!”. Y ella intentando tragarse el llanto y las lágrimas, sin éxito.

Ana no recuerda cuántas veces su madre había llegado al límite de su paciencia y le había soltado aquella frase terrible, o incluso la bofetada anunciada tantas veces. Pero sí que se da cuenta exactamente de la sensación de incomprensión de ver cómo la persona a la que más amas te hiere cuando peor lo estás pasando. A su madre no se lo tiene en cuenta, sabe que la quiere y comprende que no sabía más sobre emociones. Pero Ana sí sabe que no quiere hacer eso con sus hijos. Los dejará llorar, tratará de consolarlos y, si conviene, llorará con ellos.

Este artículo también está disponible en: Catalá

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